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Déjese llevar por Faulkner

  El sur profundo, el sur herido, aquel en el cual nació la fotografía de guerra; el de los esclavos y el jazz; el del blues y la tragedia. El mismo del condado de Yoknapatawpha, creado por el escritor y que incluye en catorce de sus novelas. Representante de una suerte de “estética de la dificultad”, el narrador nacido en Mississippi no daba tantas vueltas para decir que los únicos instrumentos que necesitaba para su arte eran “papel, lápiz, tabaco, comida y un poco de whisky”.

Faulkner, uno de los más determinantes escritores del siglo XX, fue, además de una especie de conciencia “negra” de los Estados Unidos, un prolífico autor de veintiuna novelas, cuentos, obras dramáticas, ensayos, dos colecciones de poemas, cartas y guiones cinematográficos. Llamó siempre la atención por su excelsa artesanía, la reelaboración de originales, la sonoridad de las frases y, en particular, por ser un experimentador con las estructuras, el estilo y la narrativa, tal como lo advierte, por ejemplo, Alan Warren Friedman, estudioso de su obra.

Tal vez para muchos de nuestra generación, muy al sur del mítico sur, llegó Faulkner, al final de la adolescencia, con cuentos como Una rosa para Emily y Septiembre seco (partes del libro llamado Estos Trece), o con Los invictos, La paga de los soldados o Las palmeras salvajes. Después, pudimos enfrentar como reto la lectura de Mientras agonizo, ¡Absalom, Absalom!, El sonido y la furia y aquella novela que había influido –como otras del granjero- en la creación de una nueva literatura en América Latina: Luz de agosto. Algunos decían: “qué difícil es leer a Faulkner” y hubo alguien, un muchacho bellanita, que aconsejaba: “solo se necesita dejarse llevar por el lenguaje, por las historias”.

Es célebre la respuesta que dio Faulkner a Jean Stein, editora de The Paris Review, cuando ella le preguntó qué les recomendaba a los lectores que se quejaban de que leían tres veces sus novelas y aún así no las entendían: “que las lean cuatro veces”, dijo el autor de Santuario. En todo caso, Faulkner no cayó en las trampas capitalistas que consisten, entre otros señuelos, en el “miedo al mercado”, según el cual los creadores deben ceder ante el cliente (lector, comprador, etc.) que no se esfuerza y al que se han adaptado con mansedumbre periodistas y escritores en todas partes.

Faulkner, que se consideró un poeta fracasado (“Quizá todo novelista necesita primeramente escribir poesía, descubre que no puede y entonces ensaya el cuento, que es la forma más exigente después de la poesía. Y si falla en éste sólo entonces se dedica a escribir novelas”), aspiraba a imposibles: meter todo en una frase. O, como también lo dijo, todo en la punta de un alfiler. Y por eso siempre ensayaba y ensayaba, pero, según él, ninguna de sus obras alcanzó sus propios niveles de exigencia. Eran una representación del fracaso y por eso debía seguir “ensayando una nueva manera”. Su mejor fracaso –decía- fue El sonido y la furia.

Faulkner, para quien el trueno y la música de la prosa tienen lugar en el silencio, comenzó a escribir su epopeya del sur con base en las historias familiares, como la de su bisabuelo, que participó en la Guerra de Secesión, comandó el Segundo de Infantería del Mississippi, construyó el primer ferrocarril en Estados Unidos y murió en un duelo. Un tipo, sin duda, novelesco.

William Faulkner, que incorpora en sus libros tonalidades de Antiguo Testamento y erupciones volcánicas, leía cada año al Quijote. Sabía que para crear, aunque pensara que el artista es un ser impulsado por demonios, se requiere un noventa y nueve por ciento de talento, un noventa y nueve por ciento de disciplina y un noventa y nueve por ciento de trabajo. A esa “fórmula” siempre le fue fiel. Creo que aquel muchacho bellanita tenía razón: solo hay que dejarse llevar por Faulkner. Por ese escritor que proclamó que, pese a todas las guerras, el hombre es indestructible debido a su simple voluntad de ser libre.