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El testamento musical de Chuck Berry tardó 40 años en ver la luz

El viernes pasado se lanzó Chuck, el disco póstumo del padre del rock and roll. El álbum, que inició en 1980, es un homenaje a su familia y a su propio legado musical.

Pese a lo improbable que pueda parecer, los dos extremos del extenso proceso creativo detrás de Chuck, el vigésimo y último disco de Chuck Berry, coinciden cronológicamente con los dos momentos en que Chile se cruzó en el camino del padre del rock and roll. Improbable pero cierto, porque tuvieron que pasar cuatro décadas para que finalmente vieran la luz las últimas composiciones del músico de St. Louis, leyenda y pionero de un género que hasta hoy le debe casi todas sus formas.

Según ha detallado el hijo del guitarrista y compositor, Chuck Berry Jr, fue inmediatamente después de lanzar Rock it en 1979 que su padre comenzó a trabajar en las canciones de su sucesor. Así, en 1980, mismo año en que el norteamericano despeinaba el set del programa Vamos a ver (TVN) haciendo su tradicional “paso del pato” entre las mesas de los invitados, éste comenzó a componer algunos de los diez temas que incluye el que sería su disco póstumo.

“Después de Rock it mi padre volvió al estudio como hacía siempre, porque no dejaba de escribir y grabar música, pero los esfuerzos por grabar nuevos temas se alargaron durante 10 años porque no paraba de tocar en directo”, explicó el heredero de Berry al diario español El Mundo, donde relató los diversos obstáculos que habría enfrentado su padre para terminar el álbum, entre ellos, un devastador incendio que sufrió su estudio de grabación en 1989 y que destruyó el material registrado hasta entonces.

No fue hasta 2013, el mismo año en que regresó a Santiago para su primer y único show en un escenario chileno -marcado por un desgastado Berry con problemas de oído-, que el solista y sus músicos finalmente grabaron las versiones definitivas de Chuck, el epitafio musical que publicó el sello Decca el viernes, dos meses después de la muerte de Berry a sus 90 años.

Quizás por todo lo anterior es que las canciones de Chuck no suenan demasiado distintas a las de After school sessions, el debut discográfico que el cantautor lanzó en 1957, dos años después de haber revolucionado la música norteamericana con sencillos de ritmo acelerado, pulsión eléctrica y letras sobre sexo, libertad y automóviles. Más allá de las apariciones especiales de Gary Clark Jr. y Tom Morello, el LP es el auto-homenaje para un sonido que el mismo Berry creó 60 años antes.

Escrito por Andrés del Real

Salvo algunos detalles, “She stills loves you” y “Wonderful woman” son muy similares a sus clásicos, mientras que “Big Boys” y “Lady B. Goode” -reversión femenina de “Johnny B. Goode”- incluso arrancan con uno de esos punteos introductorios que el músico convirtió en marca de fábrica de sus himnos.

Pero por sobre todo, Chuck es un saludo a los suyos; un álbum familiar en el que además de la Blueberry Hill Band participaron mayoritariamente su hijo y nieto del mismo nombre -ambos en guitarra- e Ingrid Berry en las armónicas, el mismo combo que secundó al patriarca en sus últimas giras, recibiendo aplausos y cuestionamientos casi por igual. Por su parte, Berry dedica el disco a su esposa, Thelmetta “Toddy” Berry, y la canción “Darlin’” a su hija, a quien explica: “Querida / tu padre se vuelve más viejo cada año / ven y apoya tu cabeza en mi hombro”.