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Discurso realizado en el Consejo Municipal de Caracas el 4 febrero de 1959
HUESPED DE CARACAS

Nunca pensé que un honor tan grande fuera a recaer sobre mi poesía, sobre la acción errante de mis cantos. Celebro recibir tal distinción cuando se otorgan los altos premios de la cultura venezolana. Este honor se hace más alto con las palabras del clarísimo poeta Juan Liscano. No voy a protestar ante su fraternal ditirambo. Lo guardaré para examinarme en ese espejo y continuando siendo fiel a la dignidad de la poesía y a las inseparables luchas del pueblo.

Esta mañana bajé del monte Ávila. Allá arriba tiene Caracas su corona verde, sus esmeraldas mojadas, pero la ciudad se había escapado. Su lugar había sido ocupado por una conjuración de harina, de vapor de pañuelos  celestes, y había que buscar a la ciudad perdida, entrar en ella desde el cielo y encontrarla al fin en la niebla amarrada a sus cordilleras, erecta, intrincada, tentacular y sonora, como colmena desbordante erigida por la voluntad del hombre. Los fundadores escogieron con ojo de águila este valle arrugado para establecer en él la primavera de Caracas. Y luego,  el tiempo hizo por igual la belleza  de casas enrejadas que protegen el silencio, y edificios de pura geometría  y luz, en donde se instala el porvenir. Como americano esencial, saludo en primer lugar a la ciudad deslumbrante, por igual a sus cerros populares, a sus callejas coloreadas como banderas, a sus avenidas abiertas a todos los caminos del mundo. Pero saludo también a su historia, sin olvidar que de esta ciudad matriz salió como un ramo torrencial de aguas heroicas el río de la independencia americana.

Salud, ciudad de linajes tan duros que hasta ahora sobreviven, de herencias tan poderosas que aún siguen germinando, ciudad de liberaciones y de la inteligencia, ciudad de Bolívar y de Bello, ciudad de martirios y nacimientos, ciudad que el 23 de enero recién desgranado en el trigo del tiempo diste un resplandor de aurora para el Caribe y para toda nuestra América amada y dolorosa.

Pero toda esta belleza y la historia misma, el laurel y los archivos, las ventanas y los niños, los edificios azules, la sonrisa color cereza  de la bella ciudad, todo esto puede desaparecer. Un puñado de esencia infernal, de energía desencadenada  puede hacer cenizas y terminar  con las construcciones y las vidas, un solo puñado de átomos  puede terminar con Caracas  y con Buenos Aires, con Lima, y con Santiago, con la poderosa nueva York y la plateada Leningrado.

Al bajar de las cumbres y contemplar la palpitante belleza de la ciudad que ahora me confiere el honor  de ser su amigo, pensé en la destrucción que nos amenaza. Que  amenaza a todo lo creado por el hombre y persigue con estigma maldito a sus descendientes; por eso pensé que así como los cabildos americanos fueron la cuna de nuestra libertad, pueden en el presente o en el futuro  elevar la advertencia contra la muerte nuclear, y proteger así, no sólo nuestra ciudad, sino todas las ciudades, no sólo nuestra vida, sino la existencia  del hombre sobre la tierra.

Una vez más agradezco la fraternidad con que me recibe el Consejo Municipal  de la ciudad de Caracas.

Gracias, porque así me siento autorizado para continuar mi camino defendiendo el amor, la claridad, la justicia, la alegría y la paz, es decir la poesía.

PARA NACER HE NACIDO. .  1978