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Violeta se desahogaba con su única amiga de ese tiempo, Amparo Claro.
LAS CARTAS DESCONOCIDAS DE VIOLETA PARRA

A fines del año ’64, Violeta Parra dejó todo para vivir al lado de Gilbert Favré, el último gran amor de su vida. Ambos tenían en mente recorrer Europa, mostrando su música a bordo de una camioneta: Gilbert la manejaría y Violeta estaría a cargo de cocinar. Era el único sueño de la pareja. En ese corto período, Violeta desplegó toda su creatividad a nivel musical y pictórico. Quería exponer en el Museo de Arte Moderno de París y que Picasso le comprara sus obras. Con sus hijos lejos, y pasando por penurias económicas, Violeta se desahogaba con su única amiga de ese tiempo, Amparo Claro. A ella le mandaba cartas, que aquí mostramos, contándole desde detalles cotidianos hasta sus grandes sufrimientos.

A principios de enero de 1965, Violeta Parra estaba viviendo con su amado Gilbert Favre, su novio 19 años menor, el gran amor de su vida, en Ginebra. Había dejado París para ir en su búsqueda. Su amiga Amparo Claro la acompañó en ese viaje de reencuentro. Violeta tenía sospechas infundadas de que el suizo le era infiel y quería pillarlo infraganti. Pero nada de eso ocurrió: Gilbert la esperaba con los brazos abiertos. Ella aprovechó que sus hijos estaban en Chile para quedarse una temporada con Gilbert. Se fueron a vivir a la rue Voltaire a una casa con un viejo patio donde en las tardes se sentaban a tocar guitarra y Violeta pintaba sus cuadros. Ella irradiaba alegría por los poros.

Con unos ahorros que tenía, Violeta se compró una camioneta para cumplir el sueño de ambos: recorrer toda Europa difundiendo su música y arte. “Ese es nuestro único y definitivo sueño”, le contaba a su amiga. Pero los problemas no tardaron en aparecer. No le quedaba más plata para poner el auto circulación y que además tenía problemas con el motor. Solo le quedaban 40 francos. Tenía licencia, pero Violeta no sabía manejar. Gilbert era un as al volante y no contaba con permiso para conducir: acumulaba una decena de multas anteriores por manejar sin documentos, sin frenos y contra el tránsito. “Qué lata, Amparito, no tener jamás la libertad para vivir”, se lamentaba.

Violeta tenía que reunir dinero para ponerse en marcha. Le habían ofrecido un contrato para una gira por Europa y debía contratar músicos. “La lesera es que no sé cuánto hay que cobrar”, se quejaba. Violeta estaba amarrada de pies y manos. Pero se aferraba a la esperanza de que Amparo le vendiese algunos tapices y esperaba que un amigo chileno le comprara una guitarra. Estaba angustiada.

Para más remate, se enteró que su hijo Ángel “cayó en pecado mortal”: “No pagó una deuda mía. Estoy furiosa, porque yo personalmente pago mis cuentas. Me jugó la talquina este condenado de dulces ojos, que es mi hijo querido, yo le dije el cheque…y él, ahí lo tienes. Milagrosamente sufre su jugarreta”, le contaba a su amiga.
Pronto llegarían buenas noticias.

EN GINEBRA

Mientras esperaba la llegada de dinero y poder emprender el viaje, en una carta que le escribió a Amparo a inicios de febrero de 1965, Violeta le cuenta a su amiga que vivía un proceso creativo al lado de Gilbert. “En el muro no cabe nada más. ¡Diez cuadros nuevos! Y de nuevo estilo. En relieve. Se trabajan lentamente, pero el resultado es satisfactorio. Gran colorido, excepto uno que es en blanco y negro. Se llama Rayos X”.

En la misiva, de seis páginas, que iba escribiendo en sus ratos libres, se le ocurrió una gran idea: su amiga debía instalarse a vender sus arpilleras afuera de los grandes hoteles para captar posibles compradores. “El capitalismo es una buena mierda (perdone el vocablo). La iglesia retarda el avance de la cultura de los pueblos. Estos misioneros dejan la tendalada, si acaso no se comulga en masa. La inquisición en España me tiene furiosa. Los conquistadores en Chile me la tienen que pagar algún día. Tengo un cuadro casi listo, contra todo esto. Inés de Suárez se llamará”.

Al fin de la carta, le cuenta que recibió la mejor noticia: acababan de depositarle casi 700 suizos. Esa noche, Violeta celebró con un fondue bourguigmignon y un buen vinito a la salud de Amparo. Y pudo pagar el seguro del auto. También guardó plata para comprarse una máquina de escribir y sacar adelante un libro de poesía popular Se vinieron buenos días para la cantautora, de tranquilidad económica y descanso: “Escucho un disco de música colérica, bastante buena. Completamente encamada. Cierto desorden en la pequeña y modesta casita, pero con los cajones repletos de mercadería. Increíble, hay desde crema de castaña, hasta el tocino, y sin olvidarse de los langostinos. Todo va bien”, le cuenta una semana después.

Tras el descanso, Violeta retoma la composición musical preparando sus recitales en Europa. “El repertorio, abundante: 20 temas, 17 son composiciones mías. Una composición cada día por medio, aproximadamente”. Estaba motivadísima con su gira. “El primer país será Italia. Luego los otros. Anunciaremos nuestra llegada al son de la quena y la guitarrilla. La gente saldrá a la ventana, algunos se acercaran a la camioneta. Muchos se reirán de mis pinturas, pero muchos no”, le cuenta a su amiga que está en París.

Le entusiasmaba viajar acompañada de su amado Gilbert. “Imagínate lo contenta que estaré cuando vaya a París con él al volante. Yo prepararé alguna comidita. Pararemos en algún arbolito y destaparemos la ollita. Mejor si estás con nosotros. Te serviré en un plato bien lindo. Te sentarás atrasito para que no te moleste nadie. Enseguida, estaré yo con mi olla y mi anafe, y adelante el chofer, también con su regio plato en la mano. Afuera algunos pajarillos y algunos cerros, seguramente. El auto tendrá todos sus espejos correspondientes y mucha bencina”.

El viaje nunca se concretó.

En esos días, Violeta también retomó la pintura, de la que no quería saber nada por esos días, cuando solo se dedicaba a la música. Estaba viviendo un proceso creativo como nunca y eso se lo traspasaba a su amiga Amparo. La animaba a que dejara de ser solo dueña de casa: “La vida no es tan solo tener su Julio y dos niñas preciosas. Eso lo consigue cualquier mujer y hay algunas que tienen diez preciosuras de niños. Y hay también algunas que han vivido 55 años con su Julio y yo no sé para qué baten ese record…”. Con Gilbert, por otra parte, las cosas funcionaban bien. Aunque, de repente, aparecían los celos incontrolables de Violeta: “Gilbertito el mismo bueno de siempre, yo la misma mañosa. Lástima que al carácter no se le puede poner una lata de yeso”.

Pero el dinero se esfumaba y volvían las penurias económicas. Para revertir la situación, le daba consejos a su amiga para que vendiera sus tapices. “No descuides a ninguna de las personas que te recomendé ver. Son amigos fenomenales. Seguramente, van a comprar. Tienes que saber entrar con ellos. Pero como eres tan encantadora, lo conseguirás”. Cuando se trataba de cobrar plata, Violeta era cosa seria: “Son bastante divertidos los franceses cuando tienen que pagar una deuda. ¡Se olvidan los perlas! Cuesta mucho encontrar en este mundo personas comme il faut. Yo soy chilena a penas, pero no me olvido que debía una platita a un Danielito y le mandé la plata al Danielito”.

Por esos días, Violeta también planeaba montar una gran exposición en París. O era en grande o nada, decía. Tenía mucha fe en los últimos cuadros que había realizado. “Con estos trabajos nuevos, voy a entrar como bala en el Museo de Arte Moderno. Estoy segura”. Le pidió a su amiga que se reuniera con el director del museo y le llevara de regalo una arpillera pequeña para estrechar vínculos.

Pero hubo cambio de planes. Violeta recibió malas noticias desde Santiago de Chile.

EL REGRESO

Durante el tiempo que vivió en Ginebra con su Gilbert, no tuvo noticias de su familia en Chile. No sabía nada del paradero del antipoeta y sus hijos brillaban por su ausencia. “Estos cabros me ponen el corazón langucho”. A fines de marzo, recibió una misiva de su hija Chabela en que le daba a entender que las cosas no iban bien. “Me llaman. Me necesitan. Están llorando. Tienen pena. Entonces tengo que ir a Chile a ver a mis grandotes, Me están llamando Amparito. ¡Son mis cuatro guaguas!”. Violeta cayó en una angustia. No sabía qué hacer. Tampoco tenía dinero para comprar un pasaje y reunirse con sus retoños. “Necesito hasta el último cobre para ver a mis chiquillos. De haber sabido hubiera guardado todo el dinerillo que ha caído a mis manos. Solo tengo 500. Es una miseria, porque tengo que volver con todos ellos. ¡Puchas que estoy apenada!”. A su amiga le suplicaba que la ayudara a cobrar la plata que le debían: “Ayúdame Amparito. Apúrese en ubicar a esa gente, que su amiga está muy triste por sus hijos. ¡Tengo que ir luego, Amparito! El cristiano no tiene jamás tranquilidad. Tan bien que estaba trabajando y todo pasó en este momento”.

En su desesperación, Violeta agendó incluso una reunión con el pintor Pablo Picasso y se amononó para ese encuentro. “Le llevaré un gran paquete con una muestra de cada trabajo, una carta del 1 y nada más. ¡Ojo! Si acaso me va bien, las tapicerías subirán a las nubes. Estoy a punto de mandarme este round con el maestro”. Un encuentro que no resultó como esperaba: el pintor no le compró ninguna obra.

La carta de Isabel significó el preludio de lo que se le venía. Dejó a Gilbert en Ginebra, con quien después terminaría de la peor manera, y partió a París intentando vender sus arpilleras. A los pocos meses, cuando pudo reunir dinero, tomó un vuelo a Santiago y se incorporó a la Peña de Los Parra. Era el comienzo del fin.

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