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La misma historia y los lectores la convirtieron en un mito popular.
MACONDO, LA CONSTRUCCIÓN IMAGINARIA DE UN PUEBLO

Si hay un pueblo de una historia que se aseguraría que existió o se desearia que haya existido, ese es Macondo.  El relato de Gabriel García Márquez en su libro Cien Años de Soledad lo hicieron tan real que a lo largo del tiempo el imaginario popular lo reconstruyó a través de dibujos, pinturas, mapas, planos, además de vincularlo directamente a Aracataca, el pueblo  cerca del norte de la costa de Colombia donde nació García Márquez. A tanto llegó esta necesidad de que Macondo se hiciera real, que en junio de 2006 el propio pueblo hizo un referéndum para cambiar el nombre del pueblo a “Aracataca Macondo” y de esta forma fuera más fácil identificarlo en los mapas, y aunque el "sí" ganó, los votos no fueron suficientes y el pueblo mantuvo su nombre original. La casa natal de García Márquez, que había sido demolida, se reconstruyó y actualmente es un lugar visitado por miles de turistas.


Pero García Márquez nunca motivó esa búsqueda por darle materialidad a este pueblo que en la historia fundó el personaje de José Arcadio Buendía. "Por fortuna, Macondo no es un lugar, sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver y verlo como quiere", dijo alguna vez García Márquez. De todas formas, la descripción de Macondo corresponde a la de un pueblo caribeño, típico de Colombia, de calles polvorientas y cierta precariedad que fue creciendo gracias a la visión de Buendía.


“José Arcadio Buendía, que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua, con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus 300 habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto. (…).


La primera vez que llegó la tribu de Melquíades vendiendo bolas de vidrio para el dolor de cabeza, todo el mundo se sorprendió de que hubieran podido encontrar aquella aldea perdida en el sopor de la ciénaga, y los gitanos confesaron que se habían orientado por el canto de los pájaros.


Aquel espíritu de iniciativa social desapareció en poco tiempo, arrastrado por la fiebre de los imanes, los cálculos astronómicos, los sueños de transmutación y las ansias de conocer las maravillas del mundo. De emprendedor y limpio, José Arcadio Buendía se convirtió en un hombre de aspecto holgazán, descuidado en el vestir, con una barba salvaje que Úrsula lograba cuadrar a duras penas con un cuchillo de cocina. No faltó quien lo considerara víctima de algún extraño sortilegio. 


Pero hasta los más convencidos de su locura abandonaron trabajo y familias para seguirlo, cuando se echó al hombro sus herramientas de desmontar y pidió el concurso de todos para abrir una trocha que pusiera a Macondo en contacto con los grandes inventos”. Cien años de Soledad (Editorial Sudamericana,1964)


La inspiración sobre Macondo le llegó a García Márquez cuando a los 15 años volvió con su madre a Aracataca para vender la casa de sus abuelos y ahí vivenció el contraste entre las imágenes idealizadas de su infancia y la realidad de un pueblo que le resultó triste y quedado en el tiempo. 

 

Macondo se convierte así en otro protagonista de la historia que a lo largo de sus páginas crece, decae, renace y se trasforma junto a la estirpe Buendía. Uno de los gitanos de la historia, Melquíades, una noche creyó encontrar una predicción sobre el futuro de Macondo que le vaticinaba convertirse en ciudad real y moderna. “Sería una ciudad luminosa, con grandes casas de vidrio, donde no quedaba ningún rastro del la estirpe de los Buendía”. Sin embargo, José Arcadio Buendía lo corrige y le dice, “No serán casas de vidrio sino de hielo, como yo lo soñé y siempre habrá un Buendía por los siglos de los siglos”. Macondo, imaginaria y eterna.