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Duras, al igual que Camus, que nació en Argelia, fueron hijos de franceses y huérfanos de padre a muy temprana edad
MARGUERITE DURAS: la autobiografía como escritura

Marguerite Duras evoluciona tras sus primeras novelas hacia la «nouveau roman» y el existencialismo. Simpatizó con Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Escribe maravillosos fragmentos de introspección y de autoexploración que parten de la idea de la fragmentación como unidad. Sus novelas nos descubren su mundo interior por el que transita con una facilidad asombrosa, como si tuviera una lente que observa su yo, sacando de él todo el material narrativo necesario para dar forma a su ficción, que en ella, es también su realidad. Realidad y ficción se confunden continuamente en la vida de la autora excepcional que era, y que a veces nos es difícil sustraer lo narrado de lo vivido.

La soledad y sus silencios, tan bien utilizados en sus obras, son portadores incesantes de inspiración. Dos materiales que se desarrollan y profundizan magistralmente en sus novelas, a medio camino entre el espíritu orientalista del movimiento pausado y reflexivo, y la agresión de Occidente a esos valores espirituales. Y éste es un punto vital para Duras, como para los autores de la «nouveau roman» y el movimiento existencialista. La alienación supone el embrutecimiento del ser humano que lleva al hombre a su destrucción: la guerra, es su expresión más poderosa y temible.

Margarite cultivó el periodismo, escribió más de cuarenta novelas, cuentos, obras de teatro, guiones cinematográficos, entre ellos: Hiroshima, mon amour (1958), dirigida por Alain Resnais. Dirigió numerosas películas, como India Song y Los niños, varios cortos y documentales.

Con El amante (Éditions de Minuit, 1984) obtuvo el Premio Goncourt, que adaptó para un film dirigido por Jean-Jacques Annaud. Novela que narra la relación amorosa en la Indochina colonial de 1929, entre una colegiala francesa y un rico y elegante chino, inspirada en su propia vida. Es un drama con tintes románticos narrado magistralmente, respetuoso con el “tempo” de la novela. Para el guión de la película la edad de la protagonista se censuró, cambiándose de 15 años, en la novela original, a los 18. Protagonizada por Jane March, que cumplía los 18 años en el rodaje.

Marguerite quedó muy descontenta con la película, llegando a tener numerosos conflictos con Annaud, con el que rompió su amistad renegando hasta de su propia novela, de la que dijo: «El amante es una mierda. Es una novela de quiosco de estación. La escribí borracha». Y nada más lejos de la realidad. Escribió a continuación El amante del la china del norte (Gallimard, 1991), como revisión de El amante y como expiación consigo misma, donde vuelven a aparecer los mismos temas: la niña, el hombre y el deseo, pero vaciada de lo negativo, quedándose con el amor y el silencio. Reescribe esta novela cuatro veces.

El amante, es una novela bastante autobiográfica, como todo lo que escribió. Escrita doce años antes de su muerte y en un momento difícil con el alcohol. Es por tanto una obra de madurez. Su escritura entremezcla ficción y vivencias personales de sexo precoz. Normal que renegara de su libro al verlo convertido en película: las imágenes tienen un impacto mayor que la lectura. El amante, es una obra significativa para reconocer a la autora y a la mujer, escrita como venganza hacia su madre a la que considera culpable por haberle negado el consuelo y el amor necesario, e intentar “tapar”, “mirar hacia otro lado” las prematuras y negativas experiencias sexuales de Marguerite, de muy niña, y que marcaron su relación con los hombres, con su madre y con el mundo. Y, como desagravio, en la novela, la niña no es violada por el chino adulto, sino ofrecida por su madre. La madre hace entrega de su hija. Y la hija cede ante la madre, no ante el amante al que no le hace responsable. La hija es propiedad de la madre, y ésta entrega al amante todo lo que tiene: su hija.

«Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí (…). Ese envejecimiento fue brutal (…). Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho como algunos rostros de rasgos finos, ha conservado los mismos contornos, pero la materia está destruida. Tengo un rostro destruido. Diré más, tengo quince años y medio (…). Tengo quince años y medio, en este país las estaciones no existen, vivimos en una estación única, cálida, monótona, nos hallamos en la larga zona cálida de la tierra, no hay primavera, no hay renovación», fragmentos de El amante.

El dolor de la infancia volverá continuamente en el imaginario de Marguerite a través de toda su literatura. Marguerite, una hermosa niña nacida en Saigón, el cuatro de abril de 1914, en la Indochina francesa. Nacida en Gia Dinh, suburbio de Saigón, una extensión que se abre entre el río Saigón y el Mekong. Tierras aluviales y extensos manglares silenciosos entre fangos rojizos e inmensos y verdes arrozales. Agua por todas partes; agua de lluvia, de río, de mar, bajo un cielo inmenso de luz y de húmeda calima. Un paisaje que recorrerá la geografía de la escritora sensible y profunda que fue.

Tenía cuatro años cuando fallece su padre, un profesor de matemáticas en Saigón que deja a la familia en una difícil situación económica. Su madre siempre trabajó como maestra, llegando a dirigir varias escuelas en diferentes zonas de Indochina. La infancia de Marguerite será un peregrinaje por las principales ciudades coloniales. Marie Legrand y Heni Donnadieu se conocieron en Saigón. Los dos eran viudos, con sendos matrimonios a sus espaldas y él con dos hijos en el país galo. Tuvieron tres hijos, Marguerite era la pequeña. Y salvo un viaje a Francia, Marguerite no salió de Indochina hasta los 18 años.

El desafecto materno causa en ella una profunda huella que marcará para siempre su personalidad y su obra. Parece ser que su madre era una mujer autoritaria y fría. Los momentos traumáticos de su primera infancia influirán negativamente en la niña, y la relación con su madre quedaría muy dañada. Los niños en el mundo de Marguerite no son asexuados, sino que buscan el placer o lo padecen.

A los cinco años presencia el enterramiento de una mujer viva. Era costumbre en China enterrar vivas a las mujeres adúlteras, y con su amante cara a cara en el ataúd. Las mujeres nunca se salvaban, los amantes, a veces. El marido engañado era el juez que todo lo decidía. Y una vez más, la madre hace como si no pasara nada, negándola el consuelo.

Hay tres ideas fundamentales que dan vueltas y vueltas en la obra de Marguerite Duras: la madre, la soledad y el sentimiento de pérdida. La muerte, como el camino por el que andamos perdiéndolo todo en la vida. Ella perdió un hijo, al padre, el país donde nació. La muerte es un tema recurrente en su obra, y el amor y el sexo es practicado intensamente como autoafirmación de la vida; como única fuente espiritual y de consuelo para una mujer que amaba la escritura como a un hijo, el único amor que nunca se cuestiona.

Duras, al igual que Camus, que nació en Argelia, fueron hijos de franceses y huérfanos de padre a muy temprana edad; dos escritores coetáneos nacidos en las colonias de Francia, testigos de las guerras de descolonización y de la segunda guerra mundial. Marguerite participó como miembro activo en la resistencia de París, afiliándose al partido comunista en el periodo de la ocupación nazi. Su marido Robert Antelme fue apresado y enviado al campo de concentración de Dachau en 1944. En 1942, murió muy pequeño el primer hijo que tuvo con Robert Antelme. Durante esa época escribió La vida tranquila (Gallimard, 1944), que se publica a la vez que Cartas a un amigo alemán, de Camus, por el editor Gaston Gallimard, en un momento de máxima angustia para Marguerite. Tras ser liberado, Robert regresó muy enfermo y ella le salvaría la vida, luchando tenazmente por su recuperación. Se divorciaron años después.

Marguerite Duras escribió intensamente sobre el por qué de la escritura. Escribir, es un pequeño ensayo a modo de autobiografía introspectiva, una terapia reflexiva de su mundo interior y herramienta de libertad. Está dedicado a la memoria de un joven aviador fallecido a los veinte años, en mayo de 1944 en un accidente de avión. Es una pequeña joya sobre la experiencia de escribir, una meditación sobre el proceso creativo en sí mismo, sobre la aventura fantástica de la escritura: reflexiones profundas del por qué ella escribe; qué se esconde tras de esa necesidad, esa locura. Escribir, es un texto formado por sus experiencias vitales: el amor, la soledad, la muerte, el dolor, el alcohol, los hijos; y por reflexiones generales: la escritura, la guerra, el arte, la pintura, el cine, la política…; un cóctel brillante de las influencias que la han guiado en su literatura y en el proceso psicológico que comienza mucho antes de sentarse ante una página en blanco.

No es ninguna casualidad que yo haya elegido el título este ensayo para dar nombre a mi blog: Escribir… Qué mejor palabra para definir la experiencia de la creación literaria.

Nunca recordó cuando decidió ser escritora, era algo intrinco a vivir: «Nunca he escrito creyendo hacerlo, nunca he amado creyendo amar, nunca he hecho nada salvo esperar delante de la puerta cerrada». Fragmento de El amante.

Fragmentos de Escribir:

“Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, es eso. Un libro avanza, crece, avanza en las direcciones que creíamos que habíamos explorado, avanza hacia su propio destino y el de su autor, anonadado por su publicación: su separación, la separación del libro soñado, como el último hijo, siempre el más amado “.
(...)
“Con frecuencia hay relatos y con poca frecuencia hay escritura”.
(…)
“Debería existir una escritura de lo no escrito. Un día existirá. Una escritura breve, sin gramática, una escritura de palabras solas. Palabras sin el sostén de la gramática. Extraviadas. Ahí, escritas. Y abandonadas de inmediato”.
(…)
“La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida”.
(…)
“Estar sola con un libro aún no escrito es estar aún en el primer sueño de la humanidad. Eso es. También es estar sola en la escritura aún yerma. Es intentar no morir por su causa…”.
(…)
“La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta casa se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen de esta casa. También de esta luz del jardín, De esta luz reflejada en el estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de escribir”.

Fuentes y obras consultadas:
Laure Adler. Marguerite Duras. París 2000. Gallimard.
Bloch-Michael, Jean. La nueva novela. Madrid 1967. Editorial Guadarrama.
Duras, Marguerite. El amante. Madrid 1985. Tusquets Editores.
Duras, Marguerite. Escribir. Madrid 1994. Tusquets Editores.