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En primer lugar está el desenfado; un desenfado que solía traducirse en una asombrosa capacidad para ser espontáneo
SIGNOS DE UNA DÉCADA EN AMANECÍ DE BALA DE VÍCTOR VALERA MORA

Me gustaría referirme en esta ocasión a aspectos de la persona­lidad del poeta venezolano Víctor Valera Mora (1938-1983) que le identifican muy bien en el contexto de la década de los años 60. En primer lugar está el desenfado; un desenfado que solía traducirse en una asombrosa capacidad para ser espontáneo, para enunciar los conceptos más difíciles y las cuestiones más arduas con un toque mágico de sencillez, al traducir al movimiento anímico y espiritual sus concepciones personales sin un ápice de autoritarismo.

En el caso de la poesía, ello resulta aún más difícil, pues la noción de lo poético suele estar teñida en nuestra sociedad por una pátina de “exquisitez” que no encaja muy bien con la figura de Víctor Valera Mora. Pero tampoco era el Chino Valera de una personalidad que se aviniera muy bien con la imagen del poeta popular; quiero decir, su actitud no era precisamente la de ese señor que dice coplas en las fiestas, o se dirige al gran auditorio tratando de captar público. Pero al misto tiempo, tenía una disposición que le acercaba más a los trovadores del trobar clus medieval que a los juglares. Su poesía se emparenta bien por su aliento a la de Walt Whitman o a la de Pablo Neruda: desean ser escuchados en la letra del papel por sus semejantes, están como inflamados de un verbo poderoso, que desean compartir a toda costa. Precisamente, Valera Mora compartía la premisa del Conde de Lau­treámont de que “la poesía debe ser hecha por todos”, en una tentativa por recuperar al hombre cotidiano para el acto poético, intentando quizá demostrar la hermosa utopía de Hölderlin: “poético es el paso del hombre sobre la tierra”.

La mujer redimensionada

La concepción trovadoresca implica un acercamiento más palpable a los objetos y sujetos. En el caso de la poesía amorosa, los sujetos a quienes van dirigidos los textos son dinámicos; las mujeres no son entes idealizados e incorpóreos, sino presencias palpables a las que se acude para reformular la realidad circundante, como puede observar­se en el poema "Carta nocturna a María Krope":

Esta no es la ciudad donde sueño con la mujer

que guarda en su blusa un manojo de enebro

antes de irme dejaré una ramita en el último tramo de las

escaleras

Señora si usted conoce Mérida dirá que Sodoma es virgen

la salvación del alma no es subir

Aquí las grandes dignidades ruedan desde la usura al cielo

Si su hija se desvía arderán las maderas

soga de esparto

a partir de la hojarasca caerá derribado el árbol de sal

también en lo increíble hay ojos azules

de nadie más que por mí me hago más claro más rápido

las relaciones mías con cualquier mujer hermosa

me obligan a se mercenario (…)

En cambio en las piezas amorosas breves el lirismo se resuelve de un modo más tajante, aunque no menos audaz:

Ella se desvive por los Mercedes

Benz último modelo

Sus ojos se van detrás de esos bellos carros

Un día de todos los Mercedes Benz muertos

se levantará un gran pájaro de hierro retorcido

y se la llevará para siempre

(Semáforo en rojo)

Las alusiones a la mujer constituyen, en efecto, la parte más depurada de la lírica de Valera Mora, pero su poder lírico no se redu­ce a ello. En ningún momento es posible contraponer su poesía amorosa a su poesía de tono político, confiriéndole a la primera un valor por encima de la segunda. Esto es absurdo. Simplemente se trata de motivos distintos, aunque en los poemas muy extensos la entonación expresamente panfletaria reduce sensiblemente a veces el poder expresivo. Pero no o­bligatoriamente debe ser un texto extenso para que la expresión se vuel­va ineficaz, como ocurre en uno de los poemas finales de Amanecí de bala, cuyas primeras dos líneas rezan: “La verdad que a esos comunistas / el revisionismo sí los ha puesto bien feos...”

A partir de Amanecí de bala el poeta ha conseguido un lenguaje y, sobre todo, ha logrado expresar un mundo muy propio. Soy de la opinión de que ningún gran escritor es un estilista a secas, que el dominio de un lenguaje no se certifica por sí solo, como el aprendi­zaje mecánico de una herramienta. El dominio de un lenguaje implica la configuración de un orbe más amplio, donde van interconectadas las ideas a las palabras casi de modo simultáneo. Es por ello que la di­cotomía forma/fondo resulta inconvincente para la literatura.

En Víctor Valera Mora conviven por igual los orbes sociales o ideológicos, con los mundos sensibles e intelectivos. Dentro del orbe sensible se halla por supuesto el sentimiento amoroso, pero lo que deseo recalcar aquí es justamente el valor polifónico de su tono poé­tico, el cual puede experimentar un viraje desde lo muy sublime a lo cotidiano y de lo cotidiano a lo político con una naturalidad sorpren­dente. Esta capacidad de mirar a través de un lente “ojo de pez” se po­ne de manifiesto en el poema "Masseratti 3 litros", en lo que podríamos llamar una visión caleidoscópica de la realidad, donde se hallan pre­sentes elementos cinematográficos y otros de yuxtaposición cubista a la manera de un collage. El solo comienzo del poema nos anuncia ya esta capacidad de mirar con un lente gran angular que no da tregua:

A seiscientos kilómetros por hora cuestiono todo

no tengo paz ni sosiego y digo cuestiono todo

me dejo llevar me gusta cuanto me sucede

el animal que soy sobre las catedrales husmeando

mi desmedido desenfado mi boca salvaje

cerrando y abriendo puertas espantosas

la micromáquina filmadora de sueños

(…)

No creo exagerar si considero a éste un texto central de la poe­sía venezolana de todos los tiempos, y ya encontrará su lugar en antologías más veraces y menos impuestas por los gustos académicos.

Elhumores elemento de primer orden en cuanto abordamos el tono gene­ral de la poética de Valera Mora. Este pasa de ser un ingrediente para constituirse en una herramienta. En cierto modo el humor le permite al poeta abrirse a varias perspectivas formales, constitutivas de lo que podríamos llamar un estilo. En el caso del tema político, el humor le sirve para ironizar los mecanismos del poder y para atisbar las justicias y atropellos cometidos en nombre de ese poder, como en el texto último de "Amanecí de bala":

En este país humillado al extremo

Donde me ofendo a pedrada limpia

Donde arranco tasajos a la vida

En este país donde suceden más poetas

que kilómetros cuadrados

Donde soy el que orina fuera

de la vacinilla de las fulguraciones

Donde no tengo destino

En este país donde me iré

Donde me borraré para siempre

(…)

Se pueden localizar muchos ejemplos similares a lo largo de toda su obra. Una suerte de gradación humorística donde campean diversas tonalidades: la ironía, la sátira, el cinismo, el humor negro, pero también un humor atenuado, benigno y hasta dulce. Apartando la poesía expresamente humorística, como la de Leoncio Martínez, Aquiles Nazoa, José Parra o Miguel Otero Silva, no había tenido hasta entonces cabida el humor en la poesía venezolana de esta manera, aunque sea posible detectarlo en textos aislados de algunos libros de Ovalles, Calzadilla, Pérez Perdomo o Palomares, y de manera muy velada; nunca con esa fron­talidadque caracterizó a Valera llora.

En los poemas titulados "Siempre la guerra" y "Nuestros hermanos miran" se ofrece una polaridad esperanzada, atenuada en su carga corro­siva, para mirar con alegría la conquista de cierto espacio perdura­ble: “Todo está lejos de haberse hundido / el arca y los nuevos profe­tas / más dignos que el nivel de las aguas / vivimos / seguiremos com­batiendo...” (“Siempre la guerra”). Todo ello visto desde la trifulca diaria porque “Aún colmada de bienes / la vida es un perenne combate”.

Creo pertinente referir aquí algunas anécdotas que ilustran sobre el humor y el aspecto trovadoresco de su poesía. En algunas reuniones, fiestas que organizábamos en Mérida y Caracas, el Chino Valera gusta­ba de cantar canciones mexicanas y rancheras, de esas que aludían a la revolución y a los amores perdidos. También cantaba canciones populares del llano venezolano y polos margariteños. Se sabía perfectamente las letras y las cantaba con tal frenesí –yo le acompañaba frecuente­mente con la guitarra– que las lágrimas le saltaban de la cara. Des­pués se reía y decía: “¡Pa' que no digan que no hay sangre azul en la familia!”

También a veces, cuando estaba inspirado en las fiestas diciendo de memoria poemas de autores a los que admiraba, alguno de nosotros le pedía que dijera uno suyo. Costaba para que lo hiciera, pero insis­tíamos y él lo decía. Nosotros lo celebrábamos aplaudiendo y silbando. En una de esas oportunidades nos dijo, a manera de saludo: “La poesía es como Cristo. ¡Todavía da agua!”. Este tipo de anécdotas fueron innumerables. Sólo quienes le conocieron de cerca pueden dar testimonio de esta incansable capacidad de ingenio oral.

Desprendimiento y compromiso

Una de las facetas más visibles de la personalidad de Víctor Valera Mora era la de su desprendimiento material. Ya sabemos que no es fácil arribar a esa zona del existir donde todas nuestras pose­siones se reducen a lo mínimo, a lo elemental. Sólo los espíritus nobles perciben la vida desde esta síntesis que privilegia la percep­ción del mundo por encima de la posesión de propiedades o dinero. Ge­neralmente, el ser mediocre se convierte en comprador y acumulador de bienes, que le hacen sentirse y llamarse “poderoso”. Pero el verdade­ro poder reside en la cabeza y en el corazón. Esta capacidad de refle­xionar y crear a menudo no se aviene con la del mundo material, donde los objetos constituyen fines en si mismos, fetiches. En Venezuela pocos artistas han conseguido ese grado de desprendimiento consciente. El caso de Armando Reverón es elocuente, que supo apartarse del mundo llamado “normal” para acercarse más al mundo “real”, captarlo con la magia de su arte. Valera Mora alcanzó este desasimiento de lo material para ir en busca de una experiencia vital puesta al servicio de la expresión poética. Tal desasimiento tiene mucho que ver con el vita­lismo en boga en los años 60, donde se perciben ecos del existencia­lismo francés, la poesía beatnik norteamericana y de launderground inglesa. Si buscamos otros antecedentes, también de la poesía de Huidobro, de Ne­ruda y de Ernesto Cardenal. También tiene mucho que ver con todo ese movimiento musical de especial relieve durante esa década, compartido por los trovadores latinoamericanos, el rock de Los Beatles y Elvis Presley y el jazz. Todo el libro Amanecí de bala corresponde al con­texto cultural, social y político de esta década. Pocos libros, como éste, han recogido con tanta claridad este legado. Gran cantidad de acontecimientos político--‑sociales están recogidos en él, por lo cual es necesario señalar el carácter de crónica que éste posee cuando se aborda a través de textos extensos como "Nombres propios", "Yo justifico esta guerra" o "Ve y atrapa esta estrella volante". En este último poema leemos:

Llegó la Hora Cero hay que atacar por entre el humo

por entre la tierra lacerada y vuelta a lacerar por las explosiones

y allí hay un ataque enemigo de esa trinchera tira las granadas

si viene un contraataque nos barren

¿fue mi proyectil el que tumbó a ese? Hay que seguir

Están en esa granja. Es tan fácil herir un cuerpo humano

Pero a algunos les cuesta tanto morir

(…)

Se trata, en efecto, de una épica muy especial, que subvierte el discurso mismo de la épica tradicional u oficial; nada de ditirambos o ensalzamientos heroicos. Lo que interesa aquí es describir el movimien­to mismo de la guerra, contrapunteando con el recuerdo de unos ojos de mujer. En otras ocasiones, se desmonta el modus operandi de la paz establecida y legitimada por un proceso electoral:

Instantes de la toma del presidente de cartón

ante el erizamiento de las bayonetas

los desamparados electores otra vez aislados

y segregados y regresados a la indigencia como siempre

(…)

El impulso dionisíaco

Esta actitud de desprendimiento de lo material debía ser de al­guna manera canalizada por una vía vital, y en el Chino Valera se tra­dujo en un impulso dionisíaco. El practicó la bohemia como forma de vida muy intensamente en los años finales de su vida, acaso sin prever suficientemente sus funestas consecuencias. Se sintió identificado siempre con las clases necesitadas y se alejó de cualquier posibilidad de éxito, como si fuese una traición vivir bien en una sociedad opulenta y al mismo tiempo opresora.

Después de ejercer informalmente como sociólogo y de impartir clases de literatura, en liceos y escuelas en varias ciudades del país, y de pasar un tiempo en Mérida en la Universidad de los Andes, el Chino Valera trabaja en la Dirección de recursos humanos del CONAC, im­partiendo talleres literarios en los barrios de Caracas. Escribe, lee más, participa de la bohemia capitalina de Sabana Grande. El fracaso de los proyectos de signo socialista lo sume a él y a muchos intelec­tuales progresistas en una gran desilusión; desilusión que a la postre se convierte en una herida constante. Poco a poco, la posibilidad de llevar una vida estable va desapareciendo, tanto desde el punto de vis­ta profesional como familiar. Vive por temporadas en casas de familiares o amigos, se conforma con poco. Intuye, acaso, que su situación personal es una carga para los demás. Pese a todo, nunca se advirtieron en él los signos del hombre “fracasado”, en el sentido convencional que damos a este término. Antes, le vimos practicar la alegría y los momentos vita­les con una suerte de frenesí. La imagen típica del fracasado es la de “aquel que aspira a ser alguien en la vida”, sin lograrlo; que aspira posición, estatus, respetabilidad social. El pensador underground, por lo contrario, es un marginado a conciencia, y debe hacerse de una coraza especial para no recibir los golpes que vienen de afuera. Esta ca­pacidad de soportar los señalamientos culposos y las etiquetas es posi­ble gracias a un elemento esencial en la ideología de los años 60: el compromiso. Un compromiso que empieza por ser ideológico y a la postre se convierte en posición ética. Poniendo de lado los diferentes matices ideológicos que fueron generándose en los acontecimientos políticos de entonces, permanece la cuestión ética: no se puede transigir con la ideología dominante bajo ninguna condición. Ese, al menos, fue el nor­te de varios intelectuales de signo progresista.

Quisiera llamar la atención sobre el sentido dionisíaco que acom­pañó a esta actitud crítica y ética. Generalmente la bohemia de la ostentación burguesa no conlleva ningún ingrediente azaroso ni ningún compromiso concreto. Se trata más bien de un derroche sin ningún ries­go ni ninguna apuesta humana. La bohemia del bon vivant es ante todo un festejar insaciable, parásito, que va pervirtiendo todo cuanto con­sigue a su paso. Algo bien diferente de aquello que busca la belleza en los intersticios ocultos de la realidad, en los pliegues de la vida vivida con riesgo y autenticidad. Ello era lo que diferenciaba la bo­hemia de los años 60 y parte de los 70 de la “bohemia de etiqueta” lleva­da a cabo en el ámbito del poder. La bohemia del Chino Valera, como la de Orlando Araujo, Ludovico Silva y tantos otros, fue siempre una bohe­mia crítica, irónica, inteligente y matizada de un lado amoroso. Se equivocan quienes intentan descalificarla con adjetivos amargos y confiriéndoles un mero valor nostálgico.

Creo haber esbozado aquí algunos rasgos esenciales de la actitud de Víctor Valera Mora hacia el mundo poético y el mundo humano. Rasgos que definieron valores de la década de los años 60 y se han proyectado en décadas sucesivas con un enorme poder sugestivo, creando expectati­vas firmes en el terreno literario. Valera Mora no profetizó ni creó programas a seguir. Su función fue más bien abrir los ojos del lector a través de una poesía de gran frescura oral, para que descubriera con una mirada sensible una fase importante del complejo panorama de nuestro tiempo. Su poesía permanece como una posibilidad cabal de cotejar el presente; por ello quizá tenga tantos interlocutores entre la gente joven. Entre esos jóvenes que son, a fin de cuentas, los herederos del, futuro.