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El verso de Violeta rara vez pierde pie; es casi puro apogeo
VIOLETA PARRA, POETA (APUNTES PARA UN CENTENARIO)

Violeta está de regreso, aunque en realidad nunca se fue. Su raíz, su canto dolido, su desamparo, su verbo amoroso, su ferviente alegría, están hechos de un material que reconocemos en nuestros propios actos cotidianos. Sabemos mucho de ella, porque la llevamos con nosotros. Violeta nos habita, alojada en lo más profundo.

Violeta está de regreso. La conmemoración de los cien años de nuestra extraordinaria cantante popular y artista multifacética, pieza mayor del folklore latinoamericano, arrancó apenas iniciado 2017. La Fundación Violeta Parra y el Ministro de Cultura han anunciado una serie de actividades públicas que tendrán como estación principal el día 4 de octubre, fecha del natalicio. En los meses previos se han seguido sumando exposiciones, conciertos, ciclos audiovisuales, muestras fotográficas, festivales de música, ferias de artesanía, encuentros de payadores, congresos académicos, tributos artísticos, en muchas regiones del país. Como pocas veces, hubo expectativas fundadas sobre la participación entusiasta de los chilenos en esta efemérides. Durante las fiestas de septiembre, seguro que el nombre de Violeta estará en boca de todos.

Violeta está de regreso, aunque en realidad nunca se fue. Su raíz, su canto dolido, su desamparo, su verbo amoroso, su ferviente alegría, están hechos de un material que reconocemos en nuestros propios actos cotidianos. Sabemos mucho de ella, porque la llevamos con nosotros. Violeta nos habita, alojada en lo más profundo. Pero, quizá por eso mismo, a veces nos resulta una gran desconocida: presencia íntima y forastera al mismo tiempo. Violeta Parra pertenece a una estirpe de artistas escasísima: aquéllos que tienen la virtud de ser inabarcables. Cada experiencia con la obra de Violeta es una navegación. Nunca sabemos a ciencia cierta adónde nos conducirá.

Cuando digo esto, estoy pensando, por supuesto, en las vicisitudes que son propias de todas las conmemoraciones oficiales. ¿Qué rostro de Violeta se impondrá esta vez? ¿Se pretenderá, quizá, mostrarnos una versión amainada de su desconsuelo? ¿O la escucharemos a ella, a ella sola, con todo su fulgor, con su grandeza, con su herida? Es una pregunta válida, que todos merecemos hacernos, incluso a nosotros mismos. ¿Qué rostro de Violeta andamos buscando en esta conmemoración? ¿Uno amable y liviano, que acaso no le pertenezca, o uno más bien inquietante, que la refleje mejor?

Frente a esta disyuntiva, propongo una opción: la de Violeta Parra, poeta. Sería bueno aprovechar el centenario para valorar apropiadamente a nuestra artista en esta faceta literaria. Quizá ella misma hubiere preferido ser siempre reconocida, antes que nada, como cantora e investigadora, pero me cuento entre quienes admiran, además, su incomparable maestría poética. Creo que tenemos aún algo pendiente en este rubro. Ni siquiera considero del todo apropiado el rótulo “poeta popular” (que lo fue), porque pienso en ella simplemente como poeta, a secas, sin apellidos ni considerandos. Ya es hora de oírla y leerla. Volvamos a sus Décimas (Autobiografía en verso), llenas de desparpajo y de un pulido verbal tan hermoso. Escuchemos sus canciones, “Run Run se fue pa’l norte”, “Maldigo del alto cielo”, “Volver a los 17”, “Mazúrquica modérnica”, “El gavilán”, etc., como lo que igualmente son: bellísimos poemas, dignos de cualquier antología de la lengua. ¿Quizá nos falte por fin, y de verdad, leer a Violeta? ¿Redescubrir, en sus tonos y palabras, en sus metáforas, en sus formas populares, la poesía imperecedera de que están hechos? ¿Y cómo no? La voz de Violeta y su cantar empedernido, se armaron de palabras, bellas y furibundas, socarronas y perspicaces, para alzar una de las expresiones poéticas más contundentes que se han conocido en nuestro idioma.

Hace un tiempo, el compositor Juan Pablo Abalo comentaba que le parecían bien las nuevas versiones de la música de Violeta Parra que siguen apareciendo en formatos diferentes a los originales, pero que quizá ya era hora de escucharla a ella, realmente: nada más que a Violeta con su guitarra. Comparto plenamente sus razones. Y agrego: ya que hablamos de horas cumplidas, que sea también la hora de esa poeta volcánica (como la adjetivó Neruda) que fue Violeta. Tenemos tantos ejemplos a mano, pero me limito a uno de los más universales: ¿Quién podría no conmoverse leyendo el texto alucinante de “Volver a los 17”? ¿Quién podría no sentirse llevado por esa cadencia en octosílabos, con tantos pasajes que son verdaderas joyas idiomáticas? (“Volver a ser de repente / tan frágil como un segundo/ volver a sentir profundo/ como un niño frente a Dios...”, aunque, para mí, el secreto del poema es la palabra “musguito”: un verdadero rasgo de genio).

La Autobiografía en verso tiene tanto que decirnos todavía. Es un manantial de asombro y delicias para el lector-auditor (es cierto: a Violeta se la lee, pero escuchando la cadencia acentuada de sus versos). La familia ha caído en desgracia; Violeta es una niña: “(…) Al ritmo de una canción / voy ordenando la pieza; /me cruzan por la cabeza/ como palomas los sueños. // Mi voluntad jura empeño/ de arrear con esta pobreza” (p. 96). El padre, en desesperación, empieza a perder el rumbo. Violeta apunta, recordando ese episodio, algunas observaciones sobre la tristeza como parte de su oficio: “(…) Si es cierto que yo sufrí / eso me fue encañonando, / más tarde me fue emplumando/ como zorzala cantora./ Hoy pájara voladora/ que no la para ni el diablo.// Esto me da un pensamiento, / voy a dejarlo estampado: / que no hay mejor noviciado/ qu’el llanto y el sufrimiento...” (p.84).

El verso de Violeta rara vez pierde pie; es casi puro apogeo. El sentimiento religioso, la introspección, la acusación, la rabia, se funden como un solo acorde en su escritura. En la Autobiografía..., de cuando en cuando, deja caer certeras anotaciones sobre la injusticia social, que todavía nos retratan en pleno: “Del rico es esta maldá’, / lo digo muy conmovía; / dijo el Señor a María: / son para todos las flores, / los montes, los arreboles,/ ¿por qué el pudiente se olvida? // Si el sol pudieran guardarlo / lo hicieran de buena gana;/ de noche, tarde y mañana / quisieran acapararlo;/ por suerte que pa’alcanzarlo/ se necesitan aviones. / De rabia esconden las flores, / las meten en calabozos, / privando al pobre rotoso/ de sus radiantes colores.” (p.57).

Sí, es hora de leer a Violeta. En sus escritos, la fuerza incontenible de su voz asume una fibra distinta, que todavía nos falta conocer.

Vibremos con ella. Al fin y al cabo, siempre regresamos a Violeta, buscando un color nuevo, un sonido, una palabra, una luz, para seguir caminando.

Rodrigo Zúñiga, Filósofo, profesor de Estética y Teoría del Arte, Facultad de Artes, Universidad de Chile. Miembro del Observatorio de Políticas Culturales

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