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The Art Life: los años de ensayo y error de David Lynch

Es probable que las calles de Filadelfia hayan inspirado bastante más que la canción homónima de Bruce Springsteen ganadora de un Oscar. Entre 1966 y 1970 un artista nacido en el Medio Oeste estadounidense encontró en el singular paisaje urbano de la capital de Pennsylvania el sentido a todo lo que venía garabateando en telas, maderas y papel desde su adolescencia. Fue ahí, entre la Academia de Bellas Artes y su departamento frente a la morgue, donde David Lynch (71) se convirtió en artista.

Una década más tarde haría su primera película, Eraserhead (1977), consecuencia ineludible y natural de su formación en la plástica. El documental David Lynch: The art life (2017), que la próxima semana se estrena en Chile, cuenta la historia de Lynch antes de ser el famoso director de Terciopelo azul (1986). Lynch artista antes de Lynch cineasta. La película de los realizadores John Nguyen, Rick Barnes y Olivia Neergaard-Holm llega a nuestro país a través del circuito de la Red de Salas: desde este jueves en el Cine Arte Alameda, Cine Radical, Sala K y Sala Insomnia (Valparaíso) y desde el 2 de noviembre en la Cineteca Nacional, junto a salas de Constitución, Chillán, Valdivia y Puerto Varas.

Aquí no hay voces de entrevistadores ni segundas opiniones. The art life despliega a Lynch durante todo su metraje, mostrándolo casi siempre en su taller, pero también manejando su auto o mirando viejas fotos en blanco y negro de su adolescencia y niñez. También se lo ve junto a su hija de cinco años, Lula Boginia Lynch, la pequeña que tuvo en su cuarto matrimonio.

Lynch cuenta sus historias de infancia y adolescencia con una nitidez asombrosa, sobre todo considerando que nació en 1946 y que los primeros recuerdos son de los 50. Tras dar tumbos entre una ciudad y otra (incluyendo Salzburgo en Austria y Boston en EEUU), va a parar a Filadelfia, donde estudia arte gracias a las recomendaciones del artista Bushnell Keeler, suerte de mentor juvenil.

“Filadelfia es como la Nueva York de los pobres. En ese tiempo era una ciudad mezquina, con un espíritu maligno, pero con una escuela de arte que estimulaba la creatividad y el trabajo”, comenta Lynch, cuya característica voz nasal se despliega en toda su intensidad y en un inglés clarísimo. La película, hecha durante un período de cuatro años y a través de 20 conversaciones con el realizador de El hombre elefante, tiene claros sus límites (el artista más que el cineasta), pero entrega claves insoslayables sobre la prehistoria del director.

Por ejemplo, Lynch recuerda así a algunos tipos humanos de la ciudad del noreste, modelos de futuros personajes fílmicos: “Tenía una vecina que siempre olía a orina y nunca dejaba de mostrar su desmedido racismo. Cruzando la calle había una mujer que caminaba en cuatro patas en su jardín y cacareaba como una gallina. También acostumbraba a tocarse sus pezones hasta estrujarlos… En Filadelfia empezó todo para mí”.

Belleza americana

David Lynch: The art life no sólo arriba a salas locales a 40 años del estreno de Eraserhead (1977), sino que está en sintonía con el retorno del cineasta en gloria y majestad a través de la continuación de Twin Peaks, punto alto de la televisión en 2017. La serie, más intrincada y metafórica que nunca, se ha reencontrado son sus antiguos seguidores, logró muy buenas críticas y buscó expandir su hechizo en las generaciones que no conocían a Lynch, cuya última película fue Inland Empire (2006).

Dueño de un mundo narrativo y estético con evidentes conexiones surrealistas, Lynch es desde Terciopelo azul hasta Twin Peaks un inimitable e incisivo pintor de la inocencia perdida. Los crímenes que en sus filmes dinamitan la apacible vida de los pueblitos del Medio Oeste son parientes de ciertos recuerdos de niñez. “Por el trabajo de mi padre, vivíamos de ciudad en ciudad. Por ejemplo Boise, en Idaho. Un pueblo luminoso y verde. Una tarde, estando con mis hermanos en la calle, vi cómo aparecía desde el bosque cercano una mujer desnuda y ensangrentada. Se acercaba a nosotros y parecía un gigante. En un momento paró, se sentó en la acera y comenzó a llorar”, rememora.

También relata su decisivo primer encuentro con la marihuana: “Venía manejando y de repente me di cuenta que estaba parado en medio de la carretera, mirando fijamente la línea blanca, sin mover el auto”.

Más allá de eso, Lynch guarda recuerdos idílicos des su juventud y niñez, con gran aprecio por sus padres: “Mi padre era el ejemplo de la integridad… Mi madre nunca me quiso regalar un cuaderno para colorear. Pensaba que limitaban la creatividad con aquellas figuras pre-hechas.. Ella prefería que yo pintara con libertad… Hoy le agradezco”.

Aquella saludable audacia incubada en casa sería la madre de sus primeras incursiones en la plástica y, por su puesto, de su cine, donde los tropiezos monumentales como Duna palidecen frente a la influencia del resto de sus películas. “Muchas veces sabía que lo que hacía era una porquería, pero eso daba lo mismo. Lo importante era probar y probar hasta dar con mi estilo”, comenta. La voluntad del verdadero artista está contenida en aquella frase, así como su desafío a las derrotas. “Creo que el verdadero fracaso es cuando no te sales de los límites establecidos.

A veces hay que pisar hasta el fondo, meter la pata y cometer errores. Es la única forma de lograr lo que quieres”, afirma.