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A Ramos Sucre sucesivamente se le ha denominado como modernista, postmodernista,
RAMOS SUCRE Y LA MODERNIDAD EN LA POESÍA VENEZOLANA

UNO

A Ramos Sucre sucesivamente se le ha denominado como modernista, postmodernista, parnasiano, simbolista, prevanguardista, vanguardista y hasta romántico. No ha faltado quien afirme que es esto todo ello al mismo tiempo. Aparte de la tentación que implica etiquetar a un determinado autor o grupo de autores, de la “científica” tarea de llenar casillas de la necesaria clasificación de la producción literaria, de lo horrorosamente esquemáticos que resultan algunos textos de historia de la literatura cuando se trata de señalar “los elementos constitutivos” de los diferentes movimientos o momentos literarios, de las escuelas o generaciones de creadores, a la par de todo ello, en muchas ocasiones “la vida” nos juega unas cuantas trastadas. Las líneas imaginarias que separan una generación de otra, una escuela artística de otra, no resultan ser tan rectas y precisas como se desearía, la más de las veces son sinuosas e inaprensibles. Sin embargo, la necedad de la periodización y la obligación académica de crear “compartimentos estandarizados” empujan a la prisión de los cuadros, cronologías generacionales y movimientos etiquetados.

En el caso de Ramos Sucre resulta alarmante la disparidad de criterios de autores en razón de su pertenencia o no a movimientos o generaciones literarias. En primer lugar, “su caso” es tan sui generis que durante décadas enteras ni siquiera se le tuvo como poeta porque “no escribió poesía versificada”, aún hoy se presentan dudas sobre su prosa poética o poema en prosa.

Un libro publicado por Monte Ávila, en 1981, Ramos Sucre ante la crítica, de alguna manera dejar ver los cambios que se han dado frente a la obra poética de este autor. Los primeros textos críticos son tardíos, publicándose algunos en vida del escritor, todos ellos artículos de prensa de personas amigas. El primer texto, de cierta densidad crítica y hondura personal, se publica en 1945, Las piedras mágicas, allí su ex alumno Carlos Augusto León inicia un lúcido acercamiento a la obra del poeta cumanés, todavía las páginas de este libro breve seducen con anécdotas personales y asombran por la lectura que hiciese su autor.

Transcurrirían otros quince años, en 1960, cuando una nueva generación de poetas hiciera suya la obra de Ramos Sucre.Treinta y cinco años transcurren desde la aparición de La torre de Timón (1925) hasta esta referida generación, un silencio enmudeció a Ramos Sucre. Silencio muy notable. Sus textos poéticos, editados por cuenta del autor, el primero, Trizas de papel, en 1921 y, el último, Las formas del fuego, publicado en 1929, casi no tuvieron circulación, como no la tienen los textos iniciales de cualquier poeta de hoy. Fueron ediciones para los amigos y amigas, para profanar el silencio a través de la palabra escrita, signo perenne de la poesía. Sólo en 1956 el Ministerio de Educación reedita sus libros de poesías. Hasta 1976 no aparece una antología de su obra. Estas fechas son frías y duras, pero elocuentes: treinta y seis años para una edición de los poemas de Ramos Sucre. La conclusión es obvia, a este poeta, salvo excepciones de sus más cercanos amigos, no se le leyó en el país hasta 1956, cuando la ya referida generación del grupo literario “Sardio”, conformado por algunos jóvenes poetas lo lee con sumo interés y descubre en él una de sus voces.

Al no ser leído, mucho es pedir que sea entendido y difundido, como ya dijimos, hubo de batallarse hasta para que se le reconociera su condición de creador. Hoy en día resulta irónica que Ramos Sucre sea uno de los poetas venezolanos más leído, editado y estudiado. Su obra poética no deja de maravillar a lectores separados en gustos, afinidades y contextos culturales. Como algunos otros, pagó el precio de ser un adelantado a su época.

El otro lado del medallón lo conforma la recepción de su obra, recepción aparentemente contradictoria en cuanto al contenido y a la valoración de la forma. Por una parte se le consideró un clásico –por que equilibrio y sobriedad--, otros los consideraron que por su adjetivación su está entre las vanguardias, como lo sostiene, por ejemplo, Ángel Rama. Las vanguardias del siglo XX, obviamente, resultan las más alejadas de las normas de composición clásica.

En cuanto a su vinculación estética, desde Carlos Augusto León, que lo vincula al simbolismo y parnasianismo, como lo señalaron otros críticos contemporáneos al poeta, un ejemplo lo tenemos en Fernando Paz Castillo quien reitera la ubicación entre los afines a la escuela del Parnaso. La lectura inicial de los textos poéticos del poeta cumanés también estuvo teñida de la estética insurgente de la denominada vanguardia. Ellos leyeron en Ramos Sucre lo que estaban buscando en ese momento en las fuentes del simbolismo francés.

Otros consideran al poeta como representante del postmodernismo, este es el caso de José Ramón Medina, prologuista de la mejor edición de las obras completas de Ramos Sucre, la edición de la Biblioteca Ayacucho. En otro contexto, en un penetrante ensayo de Ludovico Silva, Ramos Sucre y nosotros, publicado por la Revista Nacional de Cultura en 1975, encontramos una segunda lectura, que más ha permanecido en el tiempo y la más difundida e influyente en la recepción de su obra poética. Allí Ludovico Silva afirma que es un poeta de vanguardia. En otro ensayo, el ya referido Ángel Rama sanciona ya oficialmente la entrada del poeta cumanés al universo de las vanguardias del siglo XX.

Existe una tercera época en la recepción de la obra literaria de Ramos Sucre, la más cercana en el tiempo, se pretende rastrear sus antecedentes románticos y destacar estos elementos del romanticismo en sus obras. “Tres ensayistas –Gustavo Luis Carrera, Oswaldo Larrázabal Henríquez y Argenis Pérez H.— están de acuerdo, por su parte, en reconocer la ascendencia romántica del sistema poético de Ramos Sucre”, destaca el poeta y crítico José Ramón Medina en el ya citado Prólogo.

La obra de Ramos Sucre, como se ha mostrado hasta aquí, tuvo en su momento inicial una escasa repercusión, tanto por la casi inadvertida circulación de sus textos como por la carencia de crítica en esa ocasión. La lectura de sus poemas han pasado, posteriormente, por variadas etiquetas que sus “lectores especializados” han utilizado, fue considerado parnasiano y simbolistas por los amigos contemporáneos del autor, categorizada como vanguardista en los años sesenta y de raigambre romántica algunas décadas después. En casos extremos hasta de surrealista se le ha tildado. La pluralidad de interpretaciones y la vaciedad de algunos términos o categorías, nos obligan a replantear algunas de estas caracterizaciones.

DOS

Ante situaciones nuevas, explicaciones nuevas. No podemos seguir viendo nuestra producción literaria como una pálida reproducción de las literaturas europeas y angloamericanas. Los movimientos literarios en estos contextos sociales tienen orígenes, razones y explicaciones que tienen sentido precisamente en sus circunstancias concretas, no desdeñando las comunicaciones necesarias entre las producciones artísticas y culturales de diferentes países, culturas y lenguas. La crítica literaria venezolana debe corresponderse con aquel gesto encomiable de Alejo Carpentier, para citar un escritor cercano a nosotros en geografía y eventos personales, que rompió sus ataduras y servidumbre con el surrealismo francés, tomó de esta concepción estética lo necesario para crear la poética que el mismo denominó realismo maravilloso que le daría tanta notoriedad.

Los esquemas de generaciones y movimientos o corrientes literarias cada día demuestran más sus insuficiencias. Es tiempo de predicar sobre la arbitrariedad y artificialidad de la mayoría de las historias de la literatura. En el caso de la definición de vanguardia literaria venezolana es asaz evidente. Se sostiene que la vanguardia literaria nace con la revista “Válvula”, con su lema archicitado de “espita de los nuevos tiempos”, acontecimientos transcurridos en la década de los años veinte del siglo XX. Otros sostienen que la “verdadera” vanguardia aparece en 1958 con el grupo “Sardio” y en la década siguiente con la estruendosa afiliación estética que se cobijó bajo “El techo de la ballena”. Entre una y otra época transcurrieron treinta años de escrituras y desarrollo artístico y literario, donde obviamente coexistieron –como siempre lo harán, por cierto— distintas estéticas. Además de la distancia cronológica existe otra más radical: lo que se entiende por vanguardia y si esta es la categoría más adecuada. Esta última posición la asumimos aquí: el término vanguardia –o vanguardias— es muy laxo y lo presumimos como un injerto infeliz en nuestro contexto. En el caso que mencionamos notamos que la expresión que reúna a “Válvula” y a “El techo de la ballena” tiene que ser creada.

La solución estaría en crear una nueva categorización contextualizada a las circunstancias de nuestro país, en este caso, modernidad literaria en Venezuela, que agruparía a autores de distintas épocas y de diversa estética pero con un elemento unificador: ser expresión de la producción literaria venezolana que se inscribe en la modernidad literaria, en expresión más genuina de la literatura de nuestro siglo XX. Esta categoría ya ha sido utilizada, según recordamos en varios ensayos de autores diversos como Víctor Bravo, Ángel Rama, Ludovico Silva y otros críticos la han referencializado en sus textos reflexivos sobre nuestras letras.Es una categoría que tiende a desdibujarse, por cierto como la mayoría, ya que desde hace algún tiempo se ha sancionado la posmodernidad y hasta de una hiper-modernidad señalan autores diversos, discusión que viene ocurriendo de manera especial en Europa y Estados Unidos, siendo asumidas estas posturas teóricas sin pensar a detenernos en la adecuación y pertinencia en los contextos de América Latina y en Venezuela en particular. Estamos ya analizando la literatura de la posmodernidad cuando ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo sobre las obras y momentos representativos de una modernidad que para muchos es un proyecto inconcluso en los espacios latinoamericanos.

Tenemos que acudir con cierto escrúpulo a aquellas explicaciones europeas y angloamericanas trasladas a nuestros países, tomar distancia respecto a ellas y asimilarlas críticamente para que amplíe y desarrolle nuestras concepciones teóricas. Se crearía así un sustrato teórico de análisis, digámoslo así, de carácter internacional. Cada región –cada literatura nacional— generaría sus “propias teorías” teniendo fundamentos epistemológicos, paradigmas y métodos en común. El reto es explicar la literatura latinoamericana, la venezolana en nuestro caso particular, a partir de su producción y sus contextos y no con otros prismas. Por ejemplo, las explicaciones sobre las vanguardias europeas y su aplicación en nuestro contexto no pueden forjar una elaboración teórica profunda y convincente.

El libro de Octavio Paz, Los hijos del limo, publicado en la década de los años setenta, podría darnos las claves para la explicación de la pluralidad de lecturas que ha recibido Ramos Sucre. La recepción plural que ha recibido la obra del poeta cumanés esconde la visión sincrética que ofrece las lecturas de este poeta entre la crítica literaria venezolana, expresión fiel de lo latinoamericano, de nuestra identidad cultural. Esta misma visión condensada de la diversidad significativa de lo moderno, en sus reflexiones las asume Octavio Paz y rastrea sus antecedentes en la modernidad en la literatura occidental. Veamos.

Modernidad serías las literaturas que comprenden desde los románticos hasta la vanguardia. Paz (1974:18) indica que: “Lo que distingue a nuestra modernidad de las otras épocas no es la celebración de lo nuevo y sorprendente, aunque también eso cuenta, sino el ser una ruptura: crítica del pasado inmediato, interrupción de la continuidad. El arte moderno no sólo es hijo de la edad crítica sino que también es el crítico de sí mismo”. Las corrientes literarias de los siglos XIX y XX serían momentos de la modernidad literaria: romanticismo, parnasianismo y vanguardias, etapas de una misma tradición, la de la modernidad. Por cierto, Octavio Paz establece que esta tradición es contradictoria y reticente a sujeciones, su unidad es la crítica y el rompimiento con las tradiciones culturales y estéticas, postura que estaría agotándose en una retórica de la crítica, característica de los tiempos actuales, según expresión del ensayista mexicano.

La modernidad se nutre de lo nuevo pero “no por nuevo sino por distinto”, aclara Paz. El arte moderno se ha nutrido de otras tradiciones que lo convierten en voz de la alteridad. Y una de esas voces es la persistente “corriente arcaizante”. De allí que lo antiguo es búsqueda de otros inicios, de otros orígenes que representan una ruptura con lo inmediato.

La voz de lo antiguo en Ramos Sucre no sería una valoración positiva de la tradición poética occidental, no es ejemplo de amor al arte clásico como se ha dicho. Al contrario, Ramos Sucre representa en lo antiguo la fundación de una nueva imagen del mundo, que precisamente por arcaizante es innovadora y revolucionaria. Su visión, por ejemplo, de Dante sirve para enfrentarla a la concepción del realismo/naturalismo de ontología positivista del siglo XX. Ramos Sucre busca en su visión de la sociedad antigua y caballeresca, poblada de héroes y caballeros, de Bermúdez y Bolívar, la sociedad alterna a la que conoció, por esta razón padeció y rechazó el mundo en donde prosperaba “la saña de los incoloros” al decir del poeta cumanés.

Los aires de culturas antiguas, de ruinas esparcidas, de palacios medievales, de costumbres galantes y caballerescas, en menor medida, de elefantes y palacios orientales, demuestran la presencia de lo otro, de una tradición distinta a nuestra literatura.Tal vez el recorrido que hizo por las doctrinas budistas y zen, la lectura de Confucio y de Tao, constituyeron una continuación a sobresaltos de la modernidad literaria. Nada más alejado, desde esta perspectiva de lectura, de un sentido clásico en Ramos Sucre.

TRES

En nuestro medio, en la aletargada Venezuela de la segunda década del siglo XX, con apenas una breve tradición literaria en el siglo anterior marcada por los convulsivos acontecimientos de ese tiempo pleno de esplendor político y anarquía social y cultural, donde todo estaba por hacerse y se haría en medio de grandes tensiones y debates, en donde razón y pasión nunca estuvieron separadas, en este ambiente Ramos Sucre, en 1911, comienza a escribir poemas en prosa. Su audacia fue recibida con indiferencia e incomprensión. En América Latina este tipo de poemas ya tenía cierta tradición, incluso desde las últimas décadas del siglo XIX. Esta tradición se emparenta con la avasallante influencia de los poetas simbolistas francesas en nuestro continente y en España, pero sobre todo entre nosotros.

La reacción de desdén es comprensible: aquí no había una tradición clásica que defendiera con vehemencia sus ortodoxias compositivas, temáticas y métricas. Glacial silencio de la mayoría “incolora” y tibia recepción de algunos partidarios, que lo aceptaban más por la amistad que por la comprensión y reconocimiento verdadero a su estética. Ramos Sucre no fue el primero que utilizó el poema en prosa en Venezuela, pero si es quien para su momento –y por cincuenta años— lo usó con tal precisión y maestría, transformándose estos poemas de los primero años del siglo XX los de mayor calidad que se hayan escrito en Venezuela.El poema en prosa definitivamente rompe los moldes formales de la versificación tradicional, los textos demuestran que la poesía tiene ritmo sin necesidad de someterla a los cánones convencionales. Una nueva manera de volver al lenguaje primigenio en donde voz hablada y armonía poética eran inseparables.

La originalidad de Ramos Sucre consistió en ir decantando sus poemas hasta dejar en los textos lo privativo de lo insustituible. Una forma revolucionaria –poema en prosa—es recubierta de una cuidada madeja de prístinos cristales. Esta tendencia de Ramos Sucre a cuidar su expresión, a concentrar voz y a resaltar sus preciosismos de orfebre verbal ha sido malinterpretado, según nuestra visión. Ramos Sucre es lo que Curtius ha llamado un poeta de templanza clásica, para diferenciarlos de los manieristas en expresión de este crítico. La mesura y concentración de los recursos poéticos reflejan su inclinación estética hacia el equilibrio y la sobriedad. En cambio los contenidos de sus poemas en prosa y la moldura formal elegida lo convierten en una voz profética y precursora de cambios y rupturas violentas. La voz que como antecedente fue descubierta por los estridentistas de los años cincuenta y sesenta del siglo XX venezolano. El equilibrio de sus formas esconde el “magma” de la modernidad poética en el país.

Así, como lo anunció Ludovico Silva en 1975, la voz de Ramos Sucre representa el origen de nuestra modernidad poética, un vanguardista de las innovaciones escandalosas que los grupos literarios “Sardio” y “El techo de la ballena” protagonizaron muchas décadas después, en un ambiente de iracundia política y subversión estética. Tienen razón quienes ven en Ramos Sucre lo plural de nuestra modernidad, agregaríamos: su poesía de inclinación romántica, simbolista y vanguardista es lo que le da originalidad, la careta de la unidad de lo sincrético. Y es nuestra originalidad, somos plurales porque somos sincréticos, somos lo nuestro y lo otro.

Bibliografía

León, C. A. (1945) Las piedras mágicas. Editado por Artes Gráficas, Caracas

Paz, O. (1974) Los hijos del limo. Seis Barral, España.

Ramos Sucre ante la crítica (1981). Editado por Monte Ávila, Caracas.

Ramos Sucre, J.A. (1989) Obra completa. Biblioteca Ayacucho, Caracas.

http://suareznelson2011.blogspot.com/